(muerte)

La muerte tiene la cara de Leopoldo Zea Aguilar como lo vi el veintiséis de mayo: en un sillón, buscando un descanso que nunca llega porque no puede ni dormir ni morirse, pero tampoco puede seguir vivo. La muerte tiene su cara, y él tiene a la muerte en la suya: su piel curtida y cansada ya es transparente, su pelo blanco hueso se deshace entre los dedos, sus ojos antes verdes son casi cuencas vacías que sostienen agujeros negros…pero sobre todo la boca, sin dientes, colapsada y deshumanizante, que no puede siquiera hablar.

La muerte suena como Leopoldo: respiraciones tan fuertes que arrancan el alma, que marcan el paso y gritan que sigue vivo, que anuncian que no quiere estarlo; con palabras que se licuan y chocan, suenan espesas e indistinguibles, pero suenan tristes y te hacen llorar…

La muerte es Leopoldo Zea, acostado junto a una ventana, queriéndose morir pero siguiendo vivo porque tanta gente todavía quiere que excomulgue sus pecados. La muerte es una procesión incansable de parientes y amigos, de adioses, de culpas a cuestas, de lágrimas escondidas, de enojos…la muerte es Leopoldo Zea, esperándonos a todos, mientras tú ves al mundo llorando en el recibidor, mientras tú sabes que la muerte se va, que Leopoldo Zea se va y que es lo que él quiere: morirse y ser quemado, desaparecer en el tiempo,  olvidarse de nosotros; mientras tú ya te despediste hace tanto de él, mientras tú sólo quieres que se vaya.