Vegas

Mi ex-novia me habló por teléfono. Si no hubieran sido las siete de la mañana del domingo no le hubiera contestado. Eran las siete de la mañana de un domingo y casi no vi quién era: contesté dormido.

Bueno, no se puede decir que haya sido del todo inocente: sabía, más en el fondo que mis sueños, que Laura era la única capaz de hablarme un domingo a las siete de la mañana. Y no es que no quisiera hablar con ella —más bien la había estado evitando desde hace un mes.

Ella fue la que decidió todo: me encontró, hace tanto tiempo, ella a mí. Decidió encontrarme y seguirme buscando. Decidió que yo tenía que enamorarme de ella, decidía pelearse conmigo, decidió por fin dejarme de hablar.

Y de repente, después de meses de no saber nada de Laura, decidió buscarme de nuevo. El problema es que yo no la quería ver. No es que no la quisiera ver, es que no podía. Después de una larga relación por llamadas de larga distancia que yo hacía (ella sólo me llamaba para indicarme que le tenía que hablar), de repente ella me empezó a llamar diciendo que me quería ver, que me tenía que ver. Naturalmente, yo la ignoré.

Fueron unas dos semanas de llamadas extrañísimas a las once de la noche y a las nueve de la mañana, semanas de un celular en silencio que de todos modos escuchaba sonando en la mesa de luz, semanas de a veces diez llamadas perdidas al día.

Y luego, como todo, se detuvo. Supongo que también decidió que ya no me necesitaba para nada.

Y entonces, eses domingo de noviembre: de nuevo su voz. Contesté sin ver quién era pero suponiendo que era ella.

—¿Sí?

—Hola señor.

(Por alguna razón siempre me dijo señor, de cariño. También de repente me hablaba de usted. No entendí por qué ella creería que me gustaba. Y lo peor es que sí, me encantaba. Intentó que yo le hablara de usted a ella pero nunca lo logró.)

—¿Cómo estás?

(Que yo no planeara contestarle no significa que no quisiera saber cómo estaba ni que no la googleara seguido para ver qué hacía.)

—Nunca supe qué pasó con la playera que te regalé.

—¿Qué?

—La blanca.

—¿La de AMADOR?

(Mi segundo apellido. Me la había traído de no sé dónde. Me encantaba; aunque me quedaba un poco grande la usaba en ocasiones especiales. De todas mis playeras, era la única que planchaba.)

—No, la otra.

—¿Cuál?

(No me acordaba de nada.)

—La de Lemony Snicket.

—Ah.

—¿Y?

—¿Qué?

—¿Qué le pasó?

—¿Qué?

—Que qué le pasó.

—Ah. A veces la uso.

—¿Sí la usas?

—Sí.

—¿Mucho?

—No…me queda grande.

—Ya sé.

(Me la había dado de Navidad la última vez que nos vimos.)

—¿Para eso me hablaste?

—Es la que tenía. Sabía que te iba a quedar grande pero no tenía otra. Y la de AMADOR más chica sólo había en gris y estaba horrible. No se leía nada.

(Me acordé que yo le regalé una pluma fuente y dos libros de un escritor que a los dos nos gustaba. Confieso que me decepcioné un poco: ella sólo me dio la playera. Siempre me daba cosas. Para un aniversario, y para mis dos cumpleaños, y para la Navidad anterior, y cuando me iba a visitar, y cuando yo la visitaba a ella: cosas increíbles: la playera con mi apellido y una caja de papel maché que hizo con mis iniciales y con el artwork del video de mi canción favorita, chocolates con mi marca de cerveza, postres.

Confieso que yo no le daba nada, pero esa Navidad me esforcé. Ella ni siquiera envolvió la playera.)

—¿Y tú usas la pluma fuente?

—No.

—Ah.

La segunda razón por la que le contesté es que los domingos me toca que José María se quede a dormir; y mi novia no se queda porque está él.

—¿Por qué me llamaste?

—¿Por qué no me contestabas?

—¿Por qué me seguías llamando aunque no contestara?

—Para saber por qué no contestabas.

—¿Y hoy?

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¿Entonces por qué no me contestabas?

—No quería hablar contigo.

—Señor, tú siempre quieres hablar conmigo.

(Tenía razón.) (Me molestó que tuviera razón.)

—…

—¿Y si no querías hablar conmigo por qué me contestaste?

—Estaba dormido.

—Un día te hablé a las dos de la mañana. ¿No estabas dormido?

—No me desperté-

—¿Y si te estuviera hablando porque me pasó algo?

—No te pasó nada.

—No.

José María todavía no se despertaba. Le gustaba dormirse en mi cama. Su mamá opinaba que está mal, que a los nueve años ya podría, debería, dormirse en su cuarto. Su mamá y su hermana pintaron el cuarto cuando ella estaba embarazada. Le pintaron pelotas rojas y estrellas azules.

Ya despierto, la voz de Laura me estaba empezando a excitar. Tal vez debería irme al cuarto de José María.

—¿Ya te divorciaste?

—No.

(Pero estábamos separados. El trámite con Migración era demasiado complicado, y además, caro.)

—¿En los pasaportes españoles aparece el estado civil?

—No me acuerdo.

—¿Puedes revisar?

—No. No me acuerdo dónde está. ¿Para qué quieres saber?

—No sé.

—¿Vas a hacer que me pare?

—Me gustaría saber.

—Pero no me quiero parar.

—Pero quiero saber.

—¿Para eso me hablaste?

—No.

—¿Entonces?

—Nos deberíamos ver.

—¿Me quieres ver?

—No especialmente; digo que nos deberíamos ver.

—Está bien. ¿Vas a venir?

—No.

—O sea que quieres que yo vaya.

—Bueno…tampoco.

—¿Y para eso hablaste?

—Nos deberíamos casar en Las Vegas.

—¿Quieres casarte conmigo?

—No…bueno, sí.

—¿Para qué?

—No sé.

—Pero no puedo.

—En Las Vegas sí.

—¿Cómo sabes?

—No sé. Pero todo el mundo se puede casar en Las Vegas.

—¿Pero para qué?

—Me quiero casar en Las Vegas y pensé en ti.

—¿Y luego?

—Huimos de la justicia.

—¿Qué?

—No sé. Tú haces tu vida y yo la mía, pero casados. Creo que aquí no cuenta si te casas en Las Vegas.

—Lo que quieres es casarte en Las Vegas.

—De preferencia con Elvis.

—¿Algo más?

José María seguía dormido. Me paré a buscar el pasaporte.

(muerte)

La muerte tiene la cara de Leopoldo Zea Aguilar como lo vi el veintiséis de mayo: en un sillón, buscando un descanso que nunca llega porque no puede ni dormir ni morirse, pero tampoco puede seguir vivo. La muerte tiene su cara, y él tiene a la muerte en la suya: su piel curtida y cansada ya es transparente, su pelo blanco hueso se deshace entre los dedos, sus ojos antes verdes son casi cuencas vacías que sostienen agujeros negros…pero sobre todo la boca, sin dientes, colapsada y deshumanizante, que no puede siquiera hablar.

La muerte suena como Leopoldo: respiraciones tan fuertes que arrancan el alma, que marcan el paso y gritan que sigue vivo, que anuncian que no quiere estarlo; con palabras que se licuan y chocan, suenan espesas e indistinguibles, pero suenan tristes y te hacen llorar…

La muerte es Leopoldo Zea, acostado junto a una ventana, queriéndose morir pero siguiendo vivo porque tanta gente todavía quiere que excomulgue sus pecados. La muerte es una procesión incansable de parientes y amigos, de adioses, de culpas a cuestas, de lágrimas escondidas, de enojos…la muerte es Leopoldo Zea, esperándonos a todos, mientras tú ves al mundo llorando en el recibidor, mientras tú sabes que la muerte se va, que Leopoldo Zea se va y que es lo que él quiere: morirse y ser quemado, desaparecer en el tiempo,  olvidarse de nosotros; mientras tú ya te despediste hace tanto de él, mientras tú sólo quieres que se vaya.