Ankhon ka tara

En mis clases de hindi todo era un desastre: los maestros iban y venían, las clases cambiaban constantemente, y a los alumnos no nos importaba demasiado. Un día llegó un sustituto que nos dio una clase más avanzada: decidió enseñarnos frases coloquiales, entre ellas “ankhon ka tara”: la estrella de mis ojos. Desde ese momento decidí que la frase le correspondía a mi abuela.

 

Mi abuela me llevaba sesenta años casi exactos (yo nací 19 días antes de su cumpleaños) y siempre fue muy cercana. Como un día me hizo notar mi papá, ella siempre hizo un esfuerzo por estar con nosotras: de chicas nos llevaba al teatro, instauró los domingos de comida en su casa, y luego construyó una casa de campo para nosotras, sus nietas. Los Reyes Magos y Santa Clós llegaban también a su arbolito, y fue a todas las presentaciones, graduaciones y asambleas que pudo (excepto cuando estaba de viaje, claro). Mi abuela siempre fue sumamente joven, terca e independiente. Trabajaba en la UNAM, dando clases, y le encantaba sacar la cartera, orgullosa de poder pagar todo. También iba al gimnasio, y manejaba.

Pero si algo definió siempre a mi abuela fueron los viajes. De chica, decía, siempre le dio terror no salir nunca de la Argentina, y a los veinte años fue a Paraguay para por lo menos tener un sello en el pasaporte. Después, a los veinticuatro, juntó sus ahorros y con una tía y una amiga se fue a Europa, por mar, y siempre se acordó de cómo al entrar por Gibraltar las gaviotas perseguían el barco.

Mi abuela siempre fue joven, siempre tuvo de qué platicar, y siempre nos quiso mucho. Pero yo de chica no la soportaba. Recuerdo su presencia en esas tardes familiares, y lo que más me acuerdo es de mi hermana diciendo “no toquen eso, la abuela se va a enojar”, y mi reacción: las abuelas no se pueden enojar, como si tuvieran una discapacidad emocional. Fuera de eso me acuerdo de una Navidad fatídica donde no me regaló la camioneta de Barbie que había pedido. No la soportaba mucho.

Pero poco a poco la empecé a querer, casi como si fuera una decisión: empecé a ir a comer con ella todas las semanas, y de regreso de su casa me prestaba el coche. Por más horrorizada que estuviera, aferrándose al coche, me dejaba manejar, y es gracias a ella que manejo.

Ahora viuda, nos llevaba a cada una de viaje, y un día cuando iba a un congreso le pregunté si yo también podía ir. Fuimos a Grecia, por petición mía a Turquía, y luego a París, donde yo no entendía por qué insistió tanto. En cuanto llegamos al hotel (donde se quedaba desde hace veinte años) salió toda la recepción a saludarla: era una vieja amiga.

En ese viaje me enseñó su París: el barrio latino, el peluquero al que iba siempre, la peregrinación a los restaurantes, con historias en cada esquina de cuando se había encontrado a alguien o cuando de casualidad no la mató una viga de un edificio en construcción.

También me enseñó su vida. Ella, señorita de sociedad, era impresionante para desenvolverse en público, para decir y hacer lo correcto. Siempre tuvo amigos de todo el mundo, y siempre nos contaba sus historias. Algunos incluso nos visitaron en México. Y ahí, en Grecia, los conocí a todos, la vi ser el centro de gravedad del congreso: el ritual de intercambiar regalos con viejos amigos, cómo todos hablaban con ella, y sobre todo cuando confesé que no tenía escrita mi ponencia (porque, con un año de universidad, ella logró que me inscribieran para que diera mi primer ponencia internacional). Estaba tan orgullosa de mí cuando resultó que no la dejé en ridículo, y hasta me dijo “nena, fuiste la mejor de la mesa”.

Me enseñó sus demás rituales de los viajes: esconder los shampoocitos (nena, es que si no los guardas no te dejan más), pedir tours en las recepciones de los hoteles. Volamos por Air France, su aerolínea favorita, y también me enseñó que pedía champaña como aperitif y que cualquier asiento que no fuera pasillo le daba claustrofobia (en vez de pelearme aprendí a pedir dos pasillos, y terminamos con ella en el pasillo de adelante y yo en el de atrás).

Yo fui la única de sus nietas que estudió en su facultad, donde la gente la conocía, y aunque nunca tomé su clase a veces la subía a ver a su oficina. Me empecé a aprender sus horarios, y más tarde me inscribí en el mismo gimnasio que ella (aunque era una tortura que te tocara la caminadora de al lado, porque siempre quería platicar y no podías escuchar música).

 

Y así nos volvimos amigas. Fuimos a más congresos, y también fuimos a viajes porque sí. Con ella visité París catorce veces y me aprendí de memoria sus anécdotas, hice mi rutina junto a la de ella. Cuando me fui a vivir a la India me puso un mensajito: nena, volvé pronto que la India está lejos y la abuela está muy vieja. Tenía 83 años.

 

Hay más cosas: la empecé a acompañar a Cuernavaca, primero con mis tíos y luego las dos solas. A veces le hablaba para platicar y ella colgaba muy rápido, otras me llamaba para quejarse que hacía mucho no la llamaba. En el 2009, en el servicio social, alguien dijo “pero vives con tu abuela, ¿no?”, y en ese momento me di cuenta de lo mucho que hablo de ella. En los viajes siempre la llamaba por teléfono, y cada mañana en la India eran gritos y más gritos “bájenle a la tele, ¡estoy hablando con mi abuela!”. En mi celular siempre cargo una foto de ella en la caminadora: mira, es ella. Un señor en Turquía se sorprendió muchísimo cuando se la mostré. La tenía en frente, la señalaba y decía “Marilyn Monroe”.

 

Cuando viví en la India soñaba muchas cosas, una de ellas llevar a mi abuela. Y el año pasado fuimos: un vuelo de veinte horas que asumió a regañadientes, pero al final feliz. No fuimos por AirFrance, y se divirtió buscando las diferencias entre las aerolíneas. El vuelo era tan largo que vio, por primera vez, una de las películas del avión.

La llevé a todos lados, la obligué a ir al gimnasio, y hasta fuimos a que nos dieran un masaje en las piernas. La recuerdo con la ropa del spa, camisa y pantalones de lino, y lo rara que se veía. “Abu, ¿no te dormiste un poquito?” “No, nena, si lo que quería era enterarme de todo lo que estaba pasando”. Chismosa, como siempre. La llevé a mi ciudad favorita, un lugar caótico de calles estrechas y vacas sagradas por todos lados: a las orillas del Ganges. La hice despertarse a las cinco de la mañana para ver el amanecer, y luego la ayudé a pelearse con el dueño del hotel porque no aceptaban tarjeta (ella, siempre a la defensiva, se peleaba con todo el mundo con miedo a que la fueran a estafar). En Jaipur la llevé sin decirle a dónde, la hice hacer una fila, y no fue hasta que llegó hasta adelante que se dio cuenta: ella había ido a la India en el 64 y siempre habló de cuando se subió a un elefante. Y ahora, ahí estábamos de nuevo.

Le mostré todo lo que pude y con todo se fascinó: fuertes y ciudades a las que no fue en su primer viaje y un jardín donde estuvo con Octavio Paz: se emocionaba y señalaba, contentísima.

Nunca aprendió inglés, pero de todos modos viajó por el mundo, y de todos modos—chismosa, como siempre—intentaba leer los encabezados para enterarse de qué pasaba en el mundo. También llevaba su iPad para leer periódicos de México, España y Argentina, y a ratos jugar solitario.

En Udaipur, a orillas de un lago, pasó su cumpleaños 88: llamamos a la recepción e hicimos que le llevaran un pastel. Yo pensé que a las 9 ella ya iba a estar bañada y lista para abrir la puerta, pero ese día se quedó hablando por teléfono con todo el mundo, contándoles emocionada lo del elefante (sin embargo, no me dejó subirla a un camello), y la sorpresa tuvo que esperar. No se comió el pastel, pero quedó muy feliz con el detalle. Vimos fuertes, palacios de espejos, tiendas de telas y más telas que desde el primer día me recordaron a ella. Fuera del calor todo le gustaba, y estaba sorprendida de cuánto había cambiado el país.

 

Pero el lugar al que más la quería llevar no fue ni Delhi, ni Varanasi, ni Mumbai: era Agra, la ciudad del Taj Mahal y donde yo estudié durante nueve meses. La llevé a mi escuela, le mostré mi dormitorio (nena, no sé cómo pudiste vivir aquí), y sobre todo la llevé a mi salón de clases: la senté en una banca mientras me maravillaba de lo irreal que era todo, y de cuánto hubiera dado yo por tenerla cerca esos nueve meses. A unas bancas de distancia me había sentado copiando la frase: ankho ka tara. Tenerla ahí era hacer un sueño realidad.

 

Mi abuela y yo nos peleábamos y yo siempre le decía que era mi mejor amiga. Ella nunca me contestó, porque su mejor amiga está en Argentina, y llevan 85 años de conocerse. Aprendí a quererla, y a viajar con ella. La conocí como ella era, en sus congresos internacionales. Ella siempre tenía miedo de que las cosas salieran mal, y yo siempre le decía que iban a salir bien: entre uno y otro estaba la verdad. También le decía que era mi accesorio favorito de viajes, porque me encantaba no sólo llevarla hasta adelante y decir “mi abuela tiene 88 años, ¿podemos abordar?”, sino que además me dijeran “¡88 años! no puede ser.¡Se ve muy joven!”. A ella le encantaba pararse junto a gente muy alta y hacer notar su discreta estatura, y le gustaba todavía más que la gente supiera su edad y la admiraran por todo lo que seguía haciendo. Yo siempre le dije que tenía treinta.

 

Ella siempre quiso bisnietos, y yo la amenazaba con dejarlo todo y embarazarme. “No nena, tampoco. Queremos que tenga papá”. También le dije que iba a tener hijos, pero que los iba a dejar con mis papás y yo me iba a ir con ella: tú eres mi abuela y no te comparto. “Imagínate, abu, cuando yo tenga 60 años y tú 120 lo insoportables que vamos a ser juntas” “Ay, nena”.

 

Y así con mi ankho ka tara, la estrella de mis ojos, mi amiga y mi compañera que con sus artes de la manipulación lograba hacerme que le contara todos mis secretos, la abuela que todos se horrorizaban de cómo la trataba, porque no la trataba con veneraciónsino como amiga, a la que en los aeropuertos quería subir a un carrito para no perder de vista por miedo a que se pusiera a cargar su maleta (“Abuela, no te puedes lastimar porque si te pasa algo me van a cobrar como si fueras nueva”). Mi abuela, que me llevó de viaje y a la que llevé  y llevaré siempre, porque como me dijo alguien “nunca me la presentaste pero entre tus historias y las fotos siento que la conocí”.