Ayotzinapa

Acabo de leer un comentario en Facebook que dice “el que a hierro mata, a hierro muere”. Y, aparentemente, los 43 estudiantes desaparecidos por el gobierno merecen este trato. Ayer leí un reportaje del médico que encontró a los estudiantes en su clínica, malheridos, y en lugar de ayudarlos los reportó con la policía. Este doctor, según el artículo, no cree que haya actuado mal. El discurso del médico y del amigo de mi amigo de Facebook es el mismo: se lo merecían.

¿Se merecían qué? Pienso en esa frase de que parte del chiste del Estado es que tiene un monopolio sobre la violencia. Y sí, considerando cómo vivimos ahora, en estas guerras de miles de frentes, yo añoro un lugar donde la violencia sea un monopolio, y que la controle el Estado. Pero también pienso en todas las leyes que se pasaron en la Edad Media, empezando con la Magna Carta, donde todo el chiste era atenuar el poder de los monarcas. Quizá lo más importante era siempre exigir un derecho a juicio.   

También pienso en esos experimentos mentales llamados ficción, como El señor de las moscas o la última película de Batman, donde el pueblo se rige solo. Si recuerdan, ambos son escenarios de terror. ¿Por qué? Porque no existen las leyes, porque cualquiera puede acusar a alguien de cometer un crimen, y porque se resuelve, no con un método, sino de una manera pasional. El chiste de que el Estado tenga el monopolio sobre la violencia es que se supone que no funciona así, como en esas películas. Se supone que el Estado procesa metódicamente, que sigue las mismas reglas y las mismas instrucciones cada vez. Es la razón por la que hemos de estar tranquilos de que tenga un monopolio sobre la violencia, porque cualquiera que nos detenga en la carretera y se enoje con nosotros nos mata de un balazo, pero el Estado tiene que encarcelarnos, someternos a un escrutinio por parte de alguien que conoce muy bien las leyes, y sobre todo darnos el derecho de defendernos. Para eso es el gobierno. Por eso está el gobierno.

 

Quizá los normalistas sean criminales. No lo sé. Creo que es raro que el doctor del pueblo no haya estado dispuesto a ayudarlos. No es que yo esté de acuerdo con lo que hizo, pero hay que darle un espacio a esa duda. Pero no se trata de eso. No creo que ninguno de los tantos muertos en México sea un santo. Todos nos hemos equivocado en algo, todos tenemos alguien que dirá que no somos buenas personas. Pero no se trata de eso. No se trata de creer que vivimos en un mundo de caricaturas donde hay buenos y malos. Se trata de darnos cuenta que la gente no tiene que ser buena ni mala porque la ley está encima de todo eso. Se trata de poder creer que el Estado Mexicano funciona. Se trata de pensar que si hay 43 jóvenes, estudiantes, que cometieron algún crimen (tal vez se robaron un chocolate de un Oxxo), existe todo un aparato judicial para procesarlos y que paguen a la sociedad por ello. Se trata de preguntarnos qué se merecían, exactamente, si es que se merecían lo que les tocó. ¿Se merecían que los trataran como animales, que los mataran (a los que ya aparecieron muertos) de las maneras menos dignas posibles? ¿Se merecían estar tan marginalizados que no tuvieron acceso a nada, que el caso se haya hecho famoso para que —si es que siguen vivos, como rezamos cada vez que decimos “Vivos se los llevaron, vivos los queremos” — puedan tener una sola gota de esperanza?

“El que a hierro, mata a hierro muere” es una bonita fábula para una película de pistoleros del oeste. Es una bonita lección para que aprendamos que todo lo que hacemos tendrá consecuencias. Pero no es, ni debería ser, una política del Estado Mexicano. No debería ser la manera en la que funciona, en la que resuelve los crímenes. Si esos muchachos cometieron algún crimen, ¿qué no tenemos un sistema de leyes, abogados, jueces y juzgados para determinar qué castigo merecen? Porque inclusive a los criminales nazis les ofrecimos juicios: ¿qué puede haber hecho un estudiante de menos de veinte años para merecer lo que sospechamos les ha pasado? ¿de verdad hay algún crimen que merezca ser pagado así? Puede que no comulguen con la causa de los normalistas, y puede que crean que ellos son los “malos” de la historia. Pero por favor, tomemos dimensiones del asunto. Porque nadie merece terminar desollado en una zanja. Y mucho menos haber sido desollado por su propio gobierno.