Saludos, amigo criollo

Usted y yo somos criollos.

Y si no abandonó este texto en cuanto leyó la frase anterior, déjeme explicarle. Sé que eso de “criollo” es una palabra incómoda. Sé que en México existieron las castas, y aunque no le puedo decir exactamente si el jíbaro estaba más bajo que el tentenelaire, me aprendí de memoria lo que a todos nos enseñaron en la primaria: español > criollo > mestizo > indio.

Cuando digo que yo soy criolla no me refiero a mi casta, porque en realidad me considero de la raza humana y punto. Uso la palabra en sentido metafórico. La frase exacta que usé fue “Somos, creo, los criollos modernos, la clase que tiene suficientes privilegios para saber lo que pasa pero no tantos como para querer mantener el statu quo: de nosotros depende que empiece el cambio por el país”. Y, querido lector, insisto: somos, usted y yo, criollos.

Quizá nunca se me hubiera ocurrido decir tal cosa si no hubiera leído este meme:

Porque así como me aprendí las castas en la primaria, también me aprendí eso de que una de las causas externas de la Independencia fue la Revolución Francesa, y una de las causas internas fue el descontento de los criollos, quienes se cansaron de no tener suficientes privilegios y que se organizaron en toda América, desde Estados Unidos hasta Argentina, para luchar por su independencia.

Y estos “criollos” han estado en todas las luchas sociales modernas, empezando por la Revolución Inglesa de 1642. La Revolución Francesa, la Revolución Rusa, la Revolución Cubana…todas han sido encabezadas por “criollos”. Porque cuando uso la palabra no me refiero a una casta (que, de todos modos, pertenece al México virreinal y no al México moderno. Me parece ridículo usar ese término para describir la realidad actual de las clases socioeconómicas de mi país). Uso la palabra “criollo” para referirme a un grupo de personas que pueden organizar un cambio.

Volvamos a la historia de México y a nuestra propia Revolución: ¿cómo empezó? Podemos hablar de Zapata, de Villa, de las tiendas de raya y Cananea, pero hay que recordar que el verdadero inicio de la Revolución está con Francisco I. Madero. Madero, que pertenecía a una clase social particular: lo suficientemente alta como para aspirar ser parte del gobierno, pero sin estar en la élite del Estado porfirista. En resumen, un “criollo” de su época.

“Criollo” como lo fueron los nobles franceses que no eran tan nobles como para vivir en la corte de Luis xvi, como lo fueron los ingleses miembros del parlamento que estaban hartos del rey, como lo fueron los rusos que en vez de arar los campos leían a Marx, como lo fueron los colonos norteamericanos que se querían gobernar solos. En fin, criollos.

 

Circula en internet un bonito mensaje genera-culpas que dice: “Si tienes comida en el refrigerador, ropa, y un techo eres más rico que el 75% de la gente. Si tienes dinero en el banco y en la billetera estás con el 8% de los pudientes del mundo…Si puedes leer este mensaje eres más afortunado que los 3 billones que son analfabetas”. Pensé en hacer un test similar: “querido lector, ¿habla otro idioma? ¿fue a la universidad? ¿ha ido al cine? ¿terminó la secundaria?” pero no es necesario. La pregunta se contesta sola: ¿está leyendo esto? En ese caso es un criollo (si lo incomoda le ponemos comillas: es un “criollo”).

El 30% de los mexicanos tiene internet (la cifra se parece demasiado a eso de que, en 1810, el 20% de los habitantes de la Nueva España eran criollos). Eso significa que el 70% de los mexicanos no tiene otra opción que informarse usando medios como Televisa; por no hablar de los mexicanos que viven en la pobreza extrema, de los que viven al día, de los que pueden comer carne una vez al mes. Estar dentro del 30% con internet ya habla de un privilegio económico y social gigantesco. Ahora, pertenecer a ese grupo no significa, automáticamente, estar en desacuerdo con el gobierno del país.

Así como no todos los criollos virreinales (ni los “criollos” a lo largo de la historia) apoyaron el cambio, no todos los miembros del 30% están en contra del gobierno actual. Pero eso poco importa. Repito mi frase ya citada: de nosotros depende que haya un cambio.

Y, querido lector, me puede dar miles de ejemplos de toma de armas de los pueblos: me puede hablar de las reformas agrarias romanas, de las comunas de la reforma protestante, de Vietnam, pero siempre será lo mismo: el pueblo no toma armas solo. Y ahí entran los “criollos”, las clases suficientemente privilegiadas como para saber que se puede estar mejor. Porque Díaz pudo desaparecer a miles, pero sólo cuando un jovencito rico se empezó a oponer empezó la Revolución; porque los campesinos rusos llevaban muchos siglos pasándola mal hasta que llegaron los terratenientes ilustrados.

Y al que me quiera desmentir le pido que me conteste: ¿por qué México se está moviendo con la desaparición de 43 estudiantes cuando llevamos miles de desaparecidos? ¿Por qué ahora y no antes? Porque es ahora que nosotros, los “criollos” nos enteramos, nos indignamos, y decidimos tomar las calles.

 

Y no se equivoque, querido lector. Usted y yo somos privilegiados. Privilegiados porque podemos informarnos, podemos opinar, podemos darnos el lujo de manifestarnos (alguien que mantiene a toda su familia no puede decidir irse del trabajo para marchar). Y no está ni bien ni mal: es una realidad del país en el que vivimos. Y si elegí la palabra “criollo” no es porque me sienta española; es porque elegí una palabra con relevancia histórica para mi país. Ya lo decía el tío Ben: con un gran poder viene una gran responsabilidad. Y es nuestra responsabilidad informarnos y actuar congruentemente.

Sé que no todos los criollos, ni los colonos, ni los rusos, ni los franceses, ni los ingleses, ni los cubanos…no todos los miembros de las clases privilegiadas de sus países participaron en el cambio. La buena noticia es que no se necesita de todos: basta con una fracción que se haga escuchar, una fracción que detone la chispa del pueblo.

Por eso me parece mucho más importante asumir la clase social que nos tocó y, en lugar de participar en discusiones bizantinas, cambiar de tema. Temas como qué sigue ahora, por dónde nos movilizamos, cuál es el siguiente paso, qué resolución queremos. Creo que los dogmas sólo lastiman a los movimientos (discúlpeme, señor lector, si me dan ganas de citar Rebelión en la granja de George Orwell), y que de todos los dogmas el peor es creer que la revolución es un club. No se trata de elegir quién puede participar y quién no. Se trata de bienvenir a todos los que quieran ser parte del cambio. Se trata de definir una postura para saber por dónde actuar, pero no se trata de tomar examen para ver quién pasa la más estricta de las inspecciones, porque así nos vamos a quedar solitos como Stalin en sus fotos.

Tampoco se trata de tomar una postura que albergue todo: “en enemigo de mis enemigos es mi amigo” entorpece porque justifica cualquier cosa como actos violentos en medio de un movimiento que necesita, sobre todo, ser pacífico.

 

Repito que los que leamos esto somos “criollos”, más allá de nuestras alianzas políticas, afinidades o color de piel. Somos la clase capaz de cambiar a México, la clase que se puede organizar en tertulias donde se discuten los periódicos recién llegados del continente, la clase capaz de mandar caballos a media noche para alertar a nuestros colegas. Somos la clase que puede hacer repicar una campana en la madrugada y hacer que todo el pueblo se levante.