Pero los dinosaurios van a desaparecer

Los amigos del barrio pueden desaparecer, los cantores de radio pueden desaparecer, los que están en el diario pueden desaparecer, la persona que amas puede desaparecer...

 

Soy producto de la triste realidad que son los exilios. En mi historia no hay grandes escenas románticas: nadie canta la Marsellesa en un café perdido en Marruecos. Mi historia no es la de grandes héroes, la de casos famosos, la de escapatorias de último momento. Pero sí es la realidad de saber que la vida pende del fino hilo de las casualidades.

No sabemos cómo, pero un apellido alemán llegó a mi familia, judía, en Ucrania; ése bisabuelo (quizá primera generación nacido en el entonces Imperio Ruso) se fue a la Argentina para evitar pelear en la guerra ruso-japonesa. Mis otros bisabuelos se fueron para evitar los pogroms a los que quizá sucumbieron sus vecinos. Se salvaron, así, de una bala enemiga y de una enardecida tunda, pero con la retrospectiva histórica sabemos que también se salvaron de hornos y de cámaras de gas.

Tenemos además la gran suerte de que, a pesar de que mi familia era de izquierda en la época de la dictadura militar argentina, no pertenecemos al grupo de las madres de mayo. Pero la distancia y la suerte no quitan la consciencia.

 

Cada vez que hacíamos un viaje en coche mi mamá (quien de universitaria tuvo que forrar los libros que leía en el transporte público) ponía a Charly García. Nosotras nunca entendimos bien la canción de los dinosaurios, la que dice “los que están en el aire pueden desaparecer en el aire, los que están en las calles pueden desaparecer en las calles”. A mí, tan acostumbrada a las tramas románticas de las películas, siempre me pareció que tenía que ver con que la persona que amas se va un día una pelea, hasta el viaje que mi mamá nos preguntó si sabíamos quiénes eran los dinosaurios que aparecían cuando Charly coreaba “pero los dinosaurios van a desaparecer”.

Los dinosaurios resultaron ser los militares argentinos, y la canción una de protesta. Cuando mi mamá lo dijo me acordé que a los políticos mexicanos de vieja usanza se les decía “dinosaurios”, pero ni entonces ni ahora se me ocurrió que la canción pudiera hacer ecos en México. Sin embargo, aquí estamos, casi veinte años después de ese viaje en auto. La canción ya no hace ecos por lo de los dinosaurios: votamos por el cambio, tumbamos a la dictadura perfecta, volvió el mismo partido pero “renovado”. Ya nadie les dice dinosaurios a nuestros políticos.

 

Un maestro de la carrera una vez nos dijo que el realismo mágico sólo era mágico en otro contexto. Es decir, la nube de mariposas que a un europeo le puede parecer una hermosísima fantasía a nosotros nos resulta una fidedigna representación del abigarramiento de alitas amarillas que se ve por las carreteras del sureste del país. Y creo que la misma máxima opera para las metáforas y los símbolos: sólo constituyen una acción poética cuando se separan lo suficiente de la realidad que describen. “Los que están en el aire” no es una bonita metáfora para gente dispersa, sino la realidad de los aviones llenos de personas non gratas que tiraban en medio del mar (realidad que casi toca a mi familia, y de la cual también nos salvamos).

Si hablo con alguien sobre la realidad mexicana es para decir que tengo náuseas, que cada vez que oigo una noticia me paralizo, que no sé cómo empezar a lidiar con lo que sucede. “Los que están en las calles pueden desaparecer en las calles” ha dejado de ser simbólico en México: los normalistas, Miut3 de #Reynosafollow, y Ricardo de Jesús Esparza Villegas en el Cervantino se suman a las ya cotidianas atrocidades de la gente que simplemente desaparece y nunca llega a su destino.

Pero, como anunció Miut3, “están más cerca de lo que creemos”. No son villanos Bond cuya maldad se nota a leguas: pueden ser conocidos, pueden ser (y son) las personas cuyo oficio es defendernos. Charly García dice también “no estoy tranquilo mi amor, hoy es sábado a la noche un amigo está en cana”, y la frase (donde “cana” es argot para cárcel) cobra un nuevo sentido en la realidad de nuestro país. Detrás de la voz melodiosa y el piano, detrás de toda la calma de las metáforas (especialmente construidas para, cual canción de protesta, no ser detectada por las autoridades), está la desesperación que ya empezamos a vivir aquí. ¿Cómo reaccionaremos cuando un sábado cualquiera nos hablen para decirnos que “detuvieron” a un amigo? ¿Qué hacemos cuando, como Charly, sabemos qué implica “estar detenido”, y saber que cada vez son menos los que regresan?

El mundo de Charly desaparece, y ante la triste realidad lo único que podemos aprender de las generaciones que ya vivieron estas dictaduras es que si el mundo “tira para abajo, es mejor no estar atado a nada”. Quizá se refiere a no agarrarle cariño a algo tan desechable como una vida para que no duela el golpe inevitable, quizá se refiere (junto con eso de “oh mi amor, quiero estar liviano”) a no involucrarse políticamente, o quizá es un consejo para aprender a huir rápido.

Lo único que sé es que esta canción está llena de esperanza. Los amigos del barrio pueden desaparecer, los cantores del radio pueden desaparecer, los que están en el diario pueden desaparecer, la persona que amas puede desaparecer; sin embargo, los dinosaurios van a desaparecer. No sabemos cómo ni cuándo, pero lo único a lo que nos podemos aferrar es a la esperanza de que esto no dura para siempre.