El viaje

Un mes antes de que la palabra “Ayotzinapa” cobrara relevancia, compré un boleto para ir a la boda de una de mis mejores amigas. No fui a la primera gran marcha porque me quedaba muy poco tiempo en México y tenía mucho que hacer; todo lo demás lo viví de lejos.

Llegué con mi amiga de París. Ella había dejado México a finales de septiembre, y lo primero que le pregunté fue qué tanto sabía del caso, pero en realidad había poco que discutir: un intercambio de noticias, nada más. “Hay 43 desaparecidos” “Sí”. Unas horas después estaba en Londres, donde me quedé una semana conviviendo con mexicanos. Los problemas eran distintos:¿debería poner la Sociedad Mexicana de ­— un altar de muertos para los desaparecidos, si los padres los siguen considerando con vida? (No) ¿qué tanto se debe involucrar la Sociedad con la política? (Poco, para no alienar miembros. Su fin es nada más ser un punto de reunión para los alumnos mexicanos), y, sobre todo, ¿se puede participar en marchas y manifestaciones políticas? (las becas y visas de estudiantes tienen distintas cláusulas que lo prohíben).

Y después de eso fui a Italia. Llegué el 5 de noviembre. Paré primero en un hostal y luego hice Couch Surfing y me fui en autos compartidos; es decir, pasé mucho tiempo hablando con extraños. Lo que todos querían saber era si México es seguro. No sabía bien qué responder. Seguro, ¿en qué sentido? La respuesta siempre era la misma: ahora, con el caso de los estudiantes, seguía siendo igual de seguro —o inseguro— que antes.  Como mujer, les explicaba, hay un grado de inseguridad que siempre está presente. No camino sola por calles dudosas, siempre voy en auto por las noches, prefiero que alguien me acompañe al metro si ya está oscuro. Nunca me han asaltado, nunca me han sacado nada de la bolsa. Me han manoseado en el metro y me gritan cosas cuando camino: nada de esto ha empeorado, ni mejorado, con Ayotzinapa. Pero luego venía la triste realidad del país, y es que yo pertenezco a una especie distinta de mexicano que los normalistas: para empezar, explicaba, estoy en Europa, lo cual me mete en una clase privilegiada. Si me detuviera la policía no podría llamar a algún político para salir en cinco minutos, pero sería imposible que me desaparecieran (como acaba de pasar con Sandino Bucio, que contaba con los recursos suficientes para generar apoyo en las redes sociales y logró salir en menos de un día).

Conocí a un mexicano en un auto: él llevaba veinte años viviendo en Italia pero seguía las noticias desde Facebook, como yo. Era el 6 de noviembre y discutíamos el metrobús quemado en CU. Le explicamos a nuestros compañeros de viaje la situación en México: sin hacerlo una decisión consciente, decidí que mi obligación era ser una embajadora de las malas noticias y ocuparme de informar a todo extranjero sobre la verdadera situación de mi país.

 

Llegué a casa de un italiano donde también se quedaba una rusa, y mientras comíamos pasta pasada de picante (por mi nostalgia patriótica) les expliqué qué estaba pasando. Las preguntas se repetirían durante cada una de estas charlas: la gente mejor informada me preguntaba por los estudiantes “¿pero sí están muertos?” “lo más probable es que sí, si no ya hubieran aparecido” “¿y se sabe quién fue?” “la policía”. Y  la pregunta más dura de todas: “¿por qué?”

“¿Por qué?” me preguntaron muchas veces, “porque pueden” contesté siempre. Les hablé de la impunidad, de los muchos muertos sin nombre que aparecían cada día en Iguala, de Miut3, del chico que apareció muerto en el Cervantino.

Al día siguiente fuimos a ver la playa de noche y yo quedé profundamente dormida en el coche. Me acomodé en el sillón y por costumbre miré con soñolencia el Facebook. Era el 8 de noviembre y para mí ya empezaba el 9: busqué entre todos mis contactos hasta encontrar el primer link a un periódico. “Estan muertos” decía Osorio Chong. Mis dos compañeros ya se habían ido a dormir y a mí se me secaba la boca y se me paralizaban las piernas.

Casi no dormí: noticias, más noticias, #YaMeCansé, escribir resúmenes en inglés para subir a Facebook y que mis amigos se enteraran. Leer cada vez cosas más escabrosas. Al día siguiente, mal dormida y con la necesidad de tomar un camión para subirme a otro coche, le conté al borde de las lágrimas a la rusa: “¿te acuerdas que ayer dije seguro estaban muertos? No estaban, no oficialmente. Ahora declararon que sí” y añadí las bolsas de plástico y el tiradero de basura, la cotidianeidad con la que lo declaró Osorio Chong, su respuesta de que ya se había cansado, la actividad en Facebook.

Hubo una marcha, quemaron las puertas del Palacio Nacional. Apareció una casa blanca que añadí a la lista de agravios. Quise marchar yo también en Roma pero no encontré nada, seguí explicando a todos lo que pasaba en mi país. Quise contribuir de alguna forma pero nunca supe cómo. La historia nunca cambió y tampoco cambiaron las respuestas: una curiosidad inicial seguida de una minimización absoluta: “no creas que sólo es México, aquí también están mal las cosas”.

Me contaron sobre el Medio Oriente, sobre ISIS, sobre el desempleo y la crisis económica. “Es un fenómeno mundial”, me decían, mientras yo gritaba en mis adentros “¡es mi país, es una atrocidad, es mi propio gobierno matando gente!”.

Llegó el 20 de noviembre; me vestí de luto. De nuevo quise ir a la marcha, ahora en París, de nuevo no participé. Esa noche me encontré con un amigo inglés. “Quería ir a la marcha pero no me dio tiempo” “Ah, claro, lo de los estudiantes muertos”. Me quedé en el silencio del fracaso.

Unas horas después le contaba de los once detenidos, de la violencia. Le mostré las fotos de policías golpeando civiles, le hablé de mis amigos encerrados en un Sanborns. Y él me dijo, con una verdad que duele hasta el alma, “¿me puedes explicar de qué sirven las marchas en un país que desaparece a sus estudiantes?”.

 

No hablamos mucho más del tema. En el fondo él tiene razón. ¿De qué sirve manifestarse, firmar, retwitear? Pero también me rendí porque no se puede explicar a alguien que no quiere ver: “Porque nos queda de otra” “Pero de todos modos no sirve” “Pero no hay otra cosa que podamos hacer” “Dejar México” “¿Cien millones de habitantes abandonando su país?” “Ellos qué. Tú puedes irte a otro lado, y que los demás se las arreglen”. ¿Cómo explicarle a alguien el amor que tengo por este país, las ganas que tengo de quedarme? ¿Cómo hacerle entender a alguien que quiero a México, lo quiero ver bien, y quiero hacer todo lo posible para cambiarlo? ¿Cómo se responde a la realidad: “de qué sirven las marchas en un país donde desaparecen estudiantes”?