Muertos de pan y pan de muertos

Siempre me he preguntado en qué consiste ser mexicana. Un maestro de la facultad postuló que lo único que sabemos es qué no es serlo, y un amigo sostiene que la mexicanitud está en ponerle salsa a todo lo que come, en nunca contentarse con el platillo como viene de la cocina sino agregarle condimentos acuosos en la mesa. El mismo amigo insiste que el Tajín (o echarle chile y limón a todo, que es lo mismo) es la sinécdoque de nuestra identidad.

Soy hija de dos inmigrantes argentinos: el sabor de mi casa es esa mezcla de la pampa y la pasta. En nuestra mesa no hay más que aceite y vinagre, y el molcajete de piedra y el tortillero de metal se dedican a adornar la sala. Lo primero que me dice la gente cuando me ve es que no parezco mexicana, y desde la vez que dije jogin en vez de pants y mis compañeros de primero de primaria me miraron feo me he sentido blandir un idioma que no es mío. Me considero una apátrida, sin ser del todo mexicana pero tampoco argentina, y aunque mi amigo de las salsas insiste que soy de aquí, cada vez que me subo al metro siento que pertenezco a cualquier lugar menos México.

No sé cómo aprendimos lo del altar de muertos. Seguramente fue en la escuela (recuerdo una esquina del kínder adornada con papel picado y flores de cempaxúchitl), pero también había una casa que tenía en vez de decoraciones halloweenezcas un altar de muertos en la entrada. Pasábamos en frente de esta puerta en el camión de la escuela (ya debo haberme graduado del kínder para pasar a la primaria) y me maravillaba ante algo que por mí sola nunca se me hubiera ocurrido: poner un altar en casa.

Mis hermanas y yo hemos puesto altares de vez en cuando, primero con una foto vieja del papá de mi papá y luego añadiendo también una foto de la abuela materna, y luego del abuelo. Las señoras que trabajaban en la casa nos ayudaban a comprar papel picado y calaveritas de azúcar, y en una ocasión aparecieron macetas con flores naranjas y moradas que no tardaron en marchitarse pasado el segundo de noviembre.

A pesar de eso las ofrendas siguieron siendo una actividad escolar, fiesta restringida al patio de paredes de ladrillo, y luego a la gran explanada de la UNAM. Todos los años, mis amigas y yo jurábamos que íbamos a participar poniéndole un altar a la vejez con un palo sosteniendo un abrigo en honor a Yeats, pero nunca averiguamos cómo se hacía para formar parte del comité de la facultad.

 

Nunca me he sentido más mexicana que cuando viajo, y generalmente aparece en la soledad de  estornudar y que nadie te diga salud. Aquí no habrá contaminación y el transporte público estará bien organizado —pienso— pero prefiero la amabilidad mexicana de despedirte de un extraño al bajarte del elevador. Ésa fue la primera sensación que tuve en la India: me sentí lejos por primera vez cuando, al intentar abordar un tren, el señor que estaba al lado mío no me cedió el paso.

Nunca me creí el cuento mexican curious de que aquí la muerte es una fiesta, pero me llamó la atención cuando mi amiga de Sri Lanka se ofendió conmigo por hablar de la muerte con mucha soltura. “En mi país la muerte es un juego” le terminé diciendo muy a mi pesar para que me perdonara después de un regaño de veinte minutos donde me explicaba que es de pésimo gusto bromear con la muerte. No puedo decir que la muerte nos alegre, y que cuando nos enteramos de una tragedia nos empezamos a reír, pero después de tanto resistirme logré entender eso de la relación especial del mexicano con la muerte. En México hay una falta del tabú que existe en otros lados, tenemos la transgresión de comernos un cráneo humano hecho dulce, la fiesta de decirle a la gente de lo que se va a morir y —siempre que esté bien rimado— que nos lo publiquen en el periódico escolar. No nos disfrazamos para ahuyentar a los malos espíritus, como la tradición sajona de las mismas fechas, sino que nos ponemos a la muerte encima para retarla a que venga. Hay pueblos donde se evita por todo motivo invocar a los muertos, pero nosotros los invitamos a pasar y a que tomen algo, siempre y cuando se limpien los pies al entrar.

La historia de las calaveritas es la de una negociación: las culturas prehispánicas ponían cráneos de verdad que los españoles prohibieron, pero la nueva tradición terminó aceptando que la muerte esté presente ya no en carne y hueso sino en una copia de azúcar, amaranto o chocolate. Y junto con las calaveritas están los panes de muerto; ya sea con formas antropomórficas o domos con huesitos estilizados, los muertos en México tienen una presencia física. Según los mitos autóctonos las personas estamos hechas de masa de maíz, y nuestros muertos conservan esa esencia. Hay una plasticidad, una presencia física que no existe en todas partes. Los amasamos, recordamos su carnalidad, los invocamos con criaturas tan gomosas y esponjosas como ellos, y cuando por fin llegan los tratamos como si siguieran vivos: un caminito por aquí para que no se pierdan, su comida favorita por acá para que disfruten, y ante todo la fiesta y los vicios que tuvieron en vida representados en un vasito de alcohol y una cajetilla de cigarros.

A mí me enseñaron que los muertos llegan y se comen el espíritu de las cosas, y que si uno probara algo al día siguiente notaría que ha perdido el sabor. Pero también hay familias donde la tradición es poner un pan nuevo cada día e irse comiendo los del día anterior, y el simple hecho de que no haya un rito fijo apunta a la falta de seriedad con la que tomamos a los muertos.

En mi vida no ha habido demasiadas muertes, pero por más que sean pocas siempre son dolorosas. Un día, de vacaciones en Delhi, le hablaron a mi entonces novio para avisarle que había muerto su abuelo. Lo inundó una profunda desesperación y una angustia terrible, no por la muerte sino porque iba a haber un velorio y él no debería haber salido de Agra. Un mes después me avisaron por teléfono que un amigo muy querido de la facultad se había ahogado en la playa, y el hombre con el que salía en ese momento me dijo con toda tranquilidad que así lo quiso Allah. No sé si en particular esos hombres eran un par de patanes, o si así es la cosmovisión islámica, pero yo sigo sin poder entender cómo afrontaron la muerte, por más cercana o lejana, con tanta tranquilidad, tanto providencialismo: así lo quiere Dios y así es y no hay por qué sufrir. Creo que lo que me ha dado México a través de su pan de muertos es la capacidad de criticarlos, insultarlos, no perdonarlos: es decir, tratarlos como si siguieran vivos. Ver a los muertos como si fueran de masa, tan plásticos y tan presentes, hace que uno le pueda reclamar incluso la muerte; nos permite crear una ficción que al mismo tiempo nos ayuda a alejarnos y a acercarnos, y esa manera de tratar a los muertos como si estuvieran vivos nos ayuda a que nos hagan falta un poquito menos.

 

Diwali celebra el triunfo del bien sobre el mal, el regreso del héroe Rama a la India con su bella Sita después de derrotar a Ravana. Se celebra de acuerdo al calendario lunar, cuando empieza el otoño-invierno. Dipa-lámpara y wali-hilera, y todo el país se ilumina con velas, lámparas de aceite, luces navideñas, guirnaldas de colores: como Navidad aquí pero sin renos inflables en las casas. Además dibujan tapetes con pétalos, semillas, o polvos de colores, y hacen puja con marigolds, flores del mismo color que nuestras cempaxúchitls. Nunca extrañé tanto el papel de china y las calaveritas de azúcar como en esos últimos días de octubre, tan cerca y tan lejos de mi propia tradición. No sé en realidad dónde queda el Mictlán, pero supongo que a mis abuelos, que tienen que viajar desde Buenos Aires cada año, podrían haber pasado por Agra aunque yo les quedara a deber el pan de muertos.