Nostalgia

Éste es un ensayo acerca de extrañar. No sé cómo empezarlo, y empezar un texto siempre es lo más difícil. Si fuera un cuento, tendría que empezar con una oración precisa, limpia. Si fuera una novela, sería con una frase inmortal, que quedara grabada en la cabeza del lector. Un ensayo, creo, se tiene que empezar con una frase que al mismo tiempo diga algo sobre el autor, involucre al lector, y genere una premisa sobre la cual se pueda discutir[1]. Lo único que se me ocurre con respecto a extrañar es que es espantoso: “A nadie le gusta extrañar”, supongo, sería una manera de empezar el ensayo. Otra manera sería empezar contando una historia, algo que haga que ustedes quieran seguir leyendo. Usar la historia para intrigar al lector[2], pero eso vendrá después. Supongo que la razón por la que no sé cómo empezar es porque quiero hablar, por el momento, de la nostalgia en general. Entonces, la pregunta sería ¿qué es la nostalgia? ¿qué es extrañar?

Dada la naturaleza del texto, también se podría empezar a partir de las causas: ¿por qué estoy escribiendo este ensayo? No tengo nada que denunciar y quizá ninguna declaración que hacer. Los ensayos se escriben para muchas cosas: para demostrar algo, para enseñar, con el simple fin de crear una obra estética, o quizá para mostrar una opinión subjetiva. No sé exactamente qué vaya a hacer yo. Sospecho que el verdadero fin de este ensayo es la repetición, la autocomplacencia: escribo para extrañar con ganas.

Quizá, como en mis clases de la secundaria de biología y filosofía, lo más correcto sea empezar por la definición (“bios-vida, logos-estudio, phylos-conocimiento” es el inevitable prólogo de cada uno de mis cuadernos). No es tan difícil. Nostalgia: algos-dolor (neuralgia, por ejemplo. Otra palabra que me recuerda a la escuela, esta vez a la clase de etimología). Hay que recordar que nostos viene del griego, no del latín, y que por lo tanto no tiene nada que ver con el pronombre “nosotros”, aunque esa sea la primera intuición y quizá la más bonita. Nostos viene del griego y significa “volver a casa”. Y “nostalgia” es el dolor de volver a casa. Es un término acuñado en 1688 por Johannes Hoffer, que juntó las dos palabras. Pero, como bien apunta la sacrosanta RAE, no es el dolor de volver a casa a lo que nos referimos cuando decimos nostalgia, sino la “Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”: es decir, el dolor del recuerdo de la casa a la que todavía no se vuelve. Como si el recuerdo fuera una parte de uno y le doliera justamente “ahí”.

Es interesante pensar, ya que estamos con las etimologías, cómo funciona eso del recuerdo en el lenguaje (quizá también sea pertinente la etimología de “recordar” –según mi papá–: volver a pasar por el corazón; y sus equivalentes en inglés (recall) y francés (rappel), que tienen más que ver con “volver a llamar” como si los recuerdos fueran una especie de perro al que se le chifla para que regrese). Los recuerdos se visitan, se traen, se llaman. Son cosas físicas, en inglés y francés entes vivos con albedrío propio y que hay que estar pastoreando, en español lugares que se visitan o bien objetos que se manosean.

Y si estamos cubriendo un área habría que ser rigurosos y cubrir más: para la psicología no existe el olvido sino los mecanismos para ya no recordar, y la neurociencia nos desalienta con la terrible verdad acerca de lo delicados que son los recuerdos. Se pueden cambiar a posteriori, modificarse para adaptarse a las necesidades que tenemos después, o, peor aún, inventarse por completo. ¿Quién aquí no recuerda vívidamente algo que le pasó a los dos años, algo que la ciencia nos dice ocurrió en un momento que el cerebro todavía no sabe hacer memorias? ¿algo que acaso se parece a la anécdota que la abuela cuenta de nosotros?

 

Y ahora la palabra que más nos interesa, el verbo que le puedes decir a tu novio al teléfono si no lo has visto en seis meses: te extraño. Extrañar, extraño: raro, diferente. Que viene del latín, extra que significa fuera. La palabra “extraño”, así suelta, es un adjetivo que nos habla del mundo: califica, modifica; nos habla de que algo es raro. Luego tenemos “extrañar”, el verbo que necesita obligatoriamente alguien que haga la acción y alguien que la reciba. “Te extraño” es una historia en dos palabras.

Si nos vamos al inglés está miss, un sufijo que marca una carencia: echar de menos, que algo no está. Y el francés tiene aquella bonita expresión tu me manques: me faltas[3]. Incluso si nos rastreamos el verbo want en inglés llegamos a ejemplos donde vemos que su origen inicial era no tener, necesitar, querer[4]: una carencia que el tiempo ha dotado de una carga inexorable, de la desesperación del hablante.

Pero volvamos a extrañar: ¿qué es? Etimológicamente, un no-traño. ¿Pero qué es un traño? Si digo “te extraño”, ¿significa que te estoy quitando tu trañez? En español tenemos entraña, entrañable: lo de adentro, o lo que bien podría estar adentro tuyo, como tu amigo entrañable. Traño entonces nos remite a una parte de nosotros: las entrañas son el relleno, nuestro centro. ¿Extrañar no es expulsar? ¿O acaso, darnos cuenta que teníamos algo dentro y ya no está? ¿Es el proceso de llamar al perro de nuestro recuerdo porque nos dimos cuenta que ya no nos sigue?

 

 

[1]{C}“No one has ever felt passionately towards a lead pencil” dice Virginia Woolf en “A London Adventure”; “Hope, they say, deserts us at no period of our existence” es como Robert Louis Stevenson comienza “On Marriage”.

[2]{C}“Soon after I arrived at Crossgates (not immediately, but after a week or two, just when I seemed to be settling into the routine of school life) I began wetting my bed” comienza el ensayo “Such, Such Were the Joys…” de George Orwell; Hubert Butler nos tienta con “When she got old and ill my grandmother grew frightened of being buried alive and she constantly asked for assurance that she would be given an autopsy” en “Aunt Harriet”.

[3]{C}Que viene del mismo origen que “manco”, en español, y que significa incompleto.

[4]{C}“it came into my thoughts that I should lose my reckoning of time for want of books, and pen and ink”. Daniel Defoe, Robinson Crusoe.