Nos dueles, Sandino

para y por Alonso

 

El domingo en la noche les comuniqué a mis papás que si me arrestaban “como a Sandino” tenían que tener pensado a qué abogado llamar. El comentario, claro, hacía referencia al arresto del viernes 28 de diciembre. Ese día en la tarde me metí a Facebook para encontrarme con la noticia de que a Sandino Bucio, estudiante de filosofía, escritor con tres libros publicados, participante en varios eventos en los que yo misma había participado, lo habían subido a un coche cuatro personas, presuntamente policías, y que ahora estaba bajo arresto.

“¡Me secuestran!” fue lo que este joven, nacido apenas un año después que yo, alcanzó a gritar cuando fue agredido en su trayecto hacia el metro Copilco, en un lugar donde yo he estado miles de veces. El arresto de Sandino era mucho más violento, mucho más inesperado, que el de las once personas arrestadas al azar durante la marcha del 20 de noviembre. Pero, sobre todo, lo que más me hizo eco fue que Sandino, aunque no lo conozco personalmente, no es un desconocido. Tiene casi mi edad, estudia en mi facultad, se mueve en los mismos círculos que yo (algunos de mis amigos lo conocieron alfabetizando, otros lo conocieron en cursos de cine, uno en eventos literarios). El mensaje para mí fue “están más cerca de lo que crees”.

Y de ahí que yo haya empezado a pensar cómo reaccionaría si me pasa algo parecido. Decidí que haría lo imposible por contactar a una amiga cuyo padre es abogado, que está muy involucrada en lo que sucede, y podría difundir mi noticia para que en quince minutos ya se estuviera organizando una marcha para cuidarme de los abusos cometidos por las autoridades en este país. Luego me dio una culpa terrible y pensé en llamar a mis papás. Luego me di cuenta que nadie llamó a nadie sino que fueron los testigos que grabaron el suceso los que hicieron que se difundiera la noticia.

Ante mi solemne comunicado en el coche mi mamá dijo “Hay que tener mucho cuidado. Ya no salgas” a lo cual le contesté indignada “Mamá, justo eso es lo que quieren, que tengamos miedo. Hay que dejar de tener miedo”. Y, con mi formación de crítica del discurso, proseguí a analizar la pregunta que más me importaba: ¿por qué a Sandino?

 

Sandino es un chico joven que pertenece a cierta clase social, que es la misma que la mía (y todo esto lo sé por saber qué amigos lo conocieron y en qué circunstancias): de una familia suficientemente privilegiada como para tener internet y poder ir a alfabetizar en sus veranos adolescentes, pero suficientemente liberal como para dejarlo estudiar filosofía, cine, y enorgullecerse de que sea escritor. Dudo, además, que el interés de la política sea solamente suyo, y estoy convencida de que sus padres han defendido a los estudiantes del 68 en la mesa (de la misma manera que lo han hecho los míos). Es la clase socioeconómica a la que pertenecen la mayoría de los que marchan y difunden noticias en Facebook. Somos, creo, los criollos modernos, la clase que tiene suficientes privilegios para saber lo que pasa pero no tantos como para querer mantener el statu quo: de nosotros depende que empiece el cambio por el país.

El domingo, en el coche, hice todo este análisis en voz alta. “Agarraron a alguien que fuera el promedio, alguien que se involucró con 132 y ahora venía de una asamblea. El chiste de todo esto era mandarle un mensaje a todos los que somos como él, era decirnos que nos tienen checados y nos pueden desaparecer cuando quieran”. Mi papá, que siempre ha sido crítico (y que lee todas las noticias que pueda) me contestó que no era inocente, que había participado echando bombas molotov en el aeropuerto. Yo le dije que no era posible.

 

Y (para usar una frase suya) mi papá fue profeta: doce horas después de nuestra conversación la gente subía las fotos de Sandino con la cara cubierta a punto de lanzar una bomba. Un amigo que lo conoció en un curso me dijo que la noticia le había dolido como pocas cosas le han dolido, yo expresé mi profunda desilusión.

Nos dueles, Sandino. Nos duele que hayas sido violento, que hayas atacado a gente que sólo hace su trabajo. Nos duele que no seas el estandarte de la protesta pacífica, sino que seas, efectivamente, de esos “revoltosos que sólo quieren desestabilizar”. Nos duele haberte defendido así, haber salido de nuestras casas en viernes para cerrar una avenida y acompañarte en donde estabas detenido para que entendieran que no te podían desaparecer “como a los de Ayotzinapa” (como te dijeron). Nos duele, sobre todo, darnos cuenta que a veces los malos tienen razón.

No te equivoques: no nos arrepentimos de haberte ayudado. Está mal que te hayan detenido así, porque efectivamente fue un secuestro. Está mal que nuestro gobierno use tácticas de maleante fuera de la ley. Está mal que no hayan seguido el proceso debido. Está mal que hayan amenazado matarte, violarte, y sobre todo que usen nuestra insignia, Ayotzinapa, como sinónimo de la violencia impune del estado.

“Vamos ganando” dije cuando hablaba de ti, porque se les salió de las manos: nos vieron reaccionar y les dimos miedo. Te soltaron de inmediato y soltaron, para que nos calláramos, a los otros once que estaban en la cárcel de manera arbitraria. Vamos ganando, estamos logrando un cambio, somos los buenos y ellos los malos. Pero Sandino, lo que nos hiciste ver fue que a veces ellos tienen razón, a veces nosotros podemos ser los malos. 

 

Aquí la razón por la que la detención de Sandino está mal, sin importar las circunstancias.