Yo también me he tomado fotos desnuda

Crecí con el desarrollo de las cámaras digitales: a los 14 años me tomé fotos con la cámara familiar y tuve que correr a acabarme el rollo (con fotos de mi perro) para poder revelarla y ver cómo había salido. A los 17, sin embargo, ya ensayaba cuál era el mejor ángulo para tomarme una foto yo solita con la cámara digital. Unos meses después, en la soledad de mi cuarto, me vestí con mi mejor blusa, me maquillé, y me puse mis aretes preferidos. Era un viernes en la noche y con ayuda de la cámara donde inmediatamente podía ver los resultados empecé a tomarme fotos.

Salgo sonriendo, con los ojos cerrados, mirando directo al lente o de lado. Muestro el escote y algunas miradas sugestivas, pero nada más. ¿Para quién eran las fotos? Simple y sencillamente, para mí.

A esa edad un amigo me dijo "prométeme que nunca te vas a poner minifalda". No sé por qué lo dijo, pero sé a qué se refería: con mi cuerpo que nada se parece al de las niñas flaquitas con las que crecí, con una cintura que nunca pudo aspirar a ser "la popular", o siquiera a tener novio en la escuela, no me podía vestir como se vestían las demás. Y aunque no sé qué lo inspiró ese día a decirme eso, sé muy bien de qué habla. Lo entendí entonces tan bien como lo entiendo ahora: mi cuerpo era, y sigue siendo, un objeto sobre el cual él podía opinar: yo  no podía usar minifalda porque a él le daría asco.

Las fotos que me tomé ese 22 de septiembre (están marcadas con la fecha) de hace casi diez años fueron para mí el inicio de algo nuevo: me pude representar yo a mí. Pude encontrar qué me hacía ver y sentir atractiva. Me convertí a la vez en mi fotógrafa, mi directora de arte, mi modelo: tomé el control de cómo me quería ver y quería que me vieran.

Usé esas fotos como tarjeta de presentación en Hi5 y messenger. Y por supuesto que el tono fue subiendo mientras las prendas se iban quedando atrás y los programas avanzaban: primero fueron las fotos con una cámara compartida, luego videos con la camarita de la computadora, y ahora es un popurrí de multimedia en el celular: las he compartido por correo electrónico, Facebook, WhatsApp y Skype.  Mi despertar sexual va de la mano con el avance tecnológico de las cámaras, que cada vez se vuelven más íntimas y están más presentes, y con una serie de consejos (nunca mandes nada explícito por correo dice un sitio de Internet, nunca muestres tu cara dice otro)

 

Ayer, mientras veía Facebook me enteré del escándalo de las fotos filtradas de celebridades cuando leí en el muro de una amiga "Por qué no deberías ver las fotos de Jennifer Lawrence desnuda", y en efecto no las había visto hasta que hoy en la mañana abrí el periódico y en la sección de espectáculos: del tamaño de toda la plana, una J-Law en lencería me miraba sugestivamente. Ésa, que es la única foto que he visto, me conmovió. No eran las fotos clandestinas y tomadas con un telescopio de Catalina de Cambridge: fotos tomadas por un extraño con tecnología invasora de la privacidad y sin que la modelo se diera cuenta. La foto del periódico es una foto que ella misma se tomó. ¿Se la mandó a alguien? No lo sabemos. Pero les puedo asegurar que esa foto era, igual que las mías (que acabo de borrar de mi teléfono), para una sola persona: para sí misma. Quizá Jennifer Lawrence tiene más contratos con marcas de lujo que yo, pero en el fondo las dos necesitamos tomarnos selfies sugestivas por la misma razón: para dictar los términos en los que nos sentimos atractivas.

 

Y mientras más personas tienen acceso a una cámara, más personas se van a tomar fotos desnudas. Más bien, los invito a hacerlo, sobre todo si son mujeres: tómense fotos desnudas. Tómense todas las fotos desnudas necesarias, y todos los videos, y compártanlos con alguien si quieren. Esas camaritas de celular han resultado la mejor herramienta para tomar el control de su cuerpo.

 

Mucho de lo que he leído al respecto de Jennifer Lawrence gira en torno al argumento de la minifalda (si no quieres que te violen, no te pongas minifalda; si no quieres que la gente vea tus fotos sexuales, no te tomes fotos sexuales). Y más de una persona ha señalado que es robo. "No es mi culpa por darte un puñetazo en la cara", dice Chuck Wending, "sino tu culpa por no usar casco todo el tiempo". Comulgo totalmente con esa opinión, y creo que hay que dejar de culpar a la víctima: es la culpa del perpetrador, punto.

 

Pero más importante, creo, es preguntarse qué está pasando y por qué. Recientemente vi un comic que me recordó a algo que leí en El segundo sexo de Simone de Beauvoir: las mujeres nos ponemos minifalda como expresión propia, y el hombre que te chifla en la calle se apropia de tu expresión: nombrar (o llamar, o señalar) es la manera que tienen los hombres para controlar a las mujeres que "invaden" su espacio, que como indica el comic es de ellos. Y estas fotos desnudas son lo mismo: le pasó a Marilyn, le pasó a Catalina, le pasó a Julia Roberts en Notting Hill. ¿A cuántos hombres les ha pasado? Quizá no hay fotos de hombres porque ellos no se las toman, o porque nunca vendieron su cuerpo desnudo para ganar dinero ("era joven y necesitaba pagar la renta", asegura el personaje de Roberts en la película). Quizá los escándalos no suceden porque las fotos simplemente no existen. Pero yo creo que no es por eso. Más bien, si apareciera una foto del pene de Brad Pitt diríamos "ah, no pensé que fuera así de curvo" y seguiríamos con nuestra vida normal. No necesitamos hacer un escándalo sobre los cuerpos desnudos de los hombres porque no los queremos controlar. Jennifer Lawrence, por otro lado, quiso apropiarse de su sexualidad y el mundo le contestó: no puedes, eres mujer y por lo tanto es nuestra.

 

¿Saben qué?  No me arrepiento de tomar las fotos que he tomado. No las voy a borrar: quiero poder verme siempre en esta etapa: joven y feliz con mi sexualidad. Tampoco voy a dejar de tomarme fotos. Son instrumentos de gran placer que me recuerdan, a su vez, que mi cuerpo puede dar placer: no sólo a mis parejas sino también a mí. Y si alguno de ustedes tiene tanta destreza computacional como para poder verlas y publicarlas, no hay mucho que yo pueda hacer (aunque quizá me hagan un favor y me vuelva famosa à la Paris Hilton). Lo que quiero es que, si algún día se destapan, todos nos podamos encoger de hombros, bostezar, y dedicarnos a algo más divertido que hacer público el cuerpo privado de una mujer.