Sexy

Muchas veces, cuando le digo a alguien que lea a un autor porque es sexy (sobre todo si ese alguien es un hombre) me contestan inmediatamente que no les interesa. Muy probablemente se deba a mi uso de la palabra. O no tanto cómo la uso sino que la uso: pocos quieren enfrentarse a otra persona sólo bajo la premisa de que es atractiva, sobre todo si no quieren que les atraiga (como mis amigos heterosexuales frente a mi recomendación de Coetzee).

Lo que más vende un libro es su autor (y por eso verán el nombre del escritor mucho más grande que el título en cualquier portada). Vivimos en la época del personal branding, de tener seguidores en Tuíter: cada vez estamos más conscientes de que lo que vende es la persona y “vender” significa “atraer”. Y cada vez más se recurre, como estrategia de marketing, a la foto del autor en la contraportada. El hombre que escribe puede elegir si mostrarse galán, erudito, culto; pero la escritora forzosamente se presenta atractiva. Hay críticos que no permiten que una mujer guapa pueda escribir bien, y otros que celebran que ambos dones se conjuguen. Lo terrible es que siempre aparezcan ambos elementos, siempre juntos, porque las mujeres siempre tenemos que ser atractivas, y no serlo es una falta gravísima (se repite en otros campos: mujeres obesas que no pasan la entrevista mientras que las mujeres flacas son contratadas al instante, tips de éxito profesional que redundan en recomendarle a las mujeres que se arreglen para ser bonitas). Mientras que un hombre no es juzgado por su apariencia, o más bien sus habilidades no se subordinan a qué tanto se parece o no a Thor, una mujer tiene que ser ante todo y antes que nada atractiva.

 

Pero cuando digo que un escritor es sexy no me refiero a su apariencia. Es bien sabido que el dinero, el poder, y ser Thom Yorke, líder de Radiohead, hacen que las apariencias dejen de importar. Hay una explicación biológica-evolutiva que señala que las mujeres buscamos al macho alfa, y dicha alfitud se puede lograr de muchas maneras. Y cuando un escritor escribe bien se vuelve sexy, sin importar lo fofo, viejo, feo o muerto que esté. Cuando digo que Seamus Heaney es sexy, en realidad quiero decir que su manera de escribir me conmueve, me hace querer aprenderme sus textos, me hace desear hablar con él o conseguir su autógrafo o lo que sea con tal de que sepa que yo existo; me hace querer sumergirme en su obra y no salir nunca porque lo que dice es más real que el mundo y tan bello que a veces agobia. En otras palabras, cuando leo a Seamus Heaney me enamoro de él, y no de él sino de su manera de escribir. Cuando le digo a alguien que X escritor es sexy me tachan de superflua, como si fuera a ver el David para fijarme en sus nalgas. Estamos hechos (por la naturaleza, por la evolución, por nuestros genes) para reproducirnos, y el primer paso del ritual es el cortejo. Sexy, palabra que se acuñó en 1905 en inglés, tiene obviamente que ver con el sexo. Dice Jhumpa Lahiri, escritora de origen indio condenada a que hablen de su físico antes que de su talento, que “sexy significa amar a alguien que no conoces”. “Sexy” permite cosas que “guapo” o “atractivo” no: uno puede ser sexy a pesar de su apariencia. Es más, lo sexy se deslinda totalmente de lo físico. Una mirada, un ademán, una actitud son sexys. Cuando Thom Yorke canta “Nobody Does It Better” genera millones de mujeres ávidas de tener  sus hijos, mientras que el David o un Sebastián agonizante pueden ser bellos, atractivos, erotizados, pero nunca sexys. Lo sexy radica en el movimiento, en el cambio. Frente al hieratismo de la belleza, lo sexy es dinámico. Cuando digo que un escritor es sexy estoy usando la palabra para resumir cómodamente todo eso: lo sexy se gana a pulso y Coetzee, Heaney y Walcott se lo han ganado.

Las mujeres, por otro lado, no tenemos derecho a ser sexys de la manera en que lo tiene Thom Yorke. Primero tenemos que ser bonitas y luego se nos permitirá ser atractivas. La gente me tacha de superflua cuando califico a un Premio Nobel como sexy, pero a nadie le molesta que los libros escritos por mujeres tengan sus fotos impresas no entre sus páginas sino como parte de la tapa.

Sí, entiendo que la belleza femenina está ligada a la capacidad reproductiva, y que así como nosotras buscamos al macho que más cuide a nuestras crías ellos buscan a la hembra que asegure mejor descendencia. Pero si estamos tan avanzados como sociedad que la superioridad la da la inteligencia y no la fuerza, ¿por qué no dejan de juzgarnos por lo bien o mal peinadas que estemos? Después de todo, la foto es lo que menos cuenta cuando lo que queremos es que nos posean las palabras. Me gustaría no ser la única que piensa que un escritor puede ser sexy ni la única que entiende sexy como algo superficial sino como algo que no se puede decir de otro modo. Y también me gustaría que a las mujeres nos dejaran ser sexys sin importar lo fofas, viejas, feas y muertas que podamos estar. Hay que quitarle las malas connotaciones a lo sexy pero hacer que la belleza no sea lo que media a las mujeres frente al mundo.